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LA ENFERMEDAD DEL COMPOSITOR
* * * En octubre de 1932 el taxi en el que viajaba Ravel chocó contra otro vehículo, en París. El compositor sufrió un traumatismo cerebral leve, perdió un par de dientes y quedó momentáneamente confuso. En consecuencia le hicieron un tratamiento eléctrico “usando agujas de oro”, y sesiones de hipnotismo, pero a partir de entonces empezó a retrasar sus composiciones. Trabajaba en numerosos bosquejos de distintas obras, porque le faltaba concentración. Muchos de sus biógrafos han remarcado que este accidente fue el detonante de su enfermedad grave que le aparecería; sin embargo, ya en 1927, cuando viajó a Estados Unidos, percibió ocasionalmente que los dedos no le respondían bien cuando tocaba el piano, y que las palabras no las podía pronunciar hasta sus últimas sílabas, por lo que optó por rechazar a los cazadores de autógrafos.
En 1933 estando en Saint–Jean–de–Luz, cerca de su ciudad natal Ciboure, bañándose notó que no podía efectuar algunos movimientos, el terror le dominó porque en vez de mover una pierna movía un antebrazo, y también le era imposible arrojar una piedra en la dirección elegida; por supuesto que escribir ya le significaba mucho esfuerzo. Al año, en su retorno a París, se acentuaron los signos de la apraxia, y efectuaba algunos gestos en lugar de otros. Se le calificó de avanzada depresión. Una nota de condolencia a un amigo le llevó más de ocho días porque no solamente equivocaba la ortografía sino que olvidaba la correcta forma de las consonantes, por lo que tenía que servirse del Larousse. Su médico Michaud anotó: “Padece de insomnio, confusión de ideas, astenia, déficit de concentración, temores, apraxia”, síntomas que al acentuarse lo llevaron a un estado de rigidez. (D. Kerner)
Los allegados le buscaban lugares famosos para su reposo y diversión, pero su estado empeoraba. Visitó norte de África, Sevilla, Córdoba, Pamplona y sus acompañantes se asombraban que no se interesaba de nada, contemplaba alguna plaza grande desde el hotel, tenía diálogos con palomas, consumía grandes cantidades de té de menta. Tenía períodos intermitentes en que empeoraban su apatía y mutismo. Se movía con su figura macilenta, como vencido, gris blanquecino su rostro. Los familiares y amigos hacían todos los esfuerzos para animar su función intelectual, y algunas veces respondió que cuando escribiera música emplearía el ritmo árabe; en otras ocasiones expresó que había todavía mucha música dentro de él, o que estaba imaginando el inicio de un ballet.
Dr. Alfonso Gamarra Durana