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CURANDEROS EN LA CERÁMICA PRECOLOMBINA

* * * *  Las culturas prehispánicas tuvieron numerosas formas de manifestar su arte. Con el material arcilloso que encontraban en su suelo desarrollaron la cerámica con la que elaboraban los utensilios del diario vivir, pero los artistas mostraron en sus obras que fueron innatos observadores porque no solamente realizaron vasijas, platos, fuentes y floreros, sino que también fabricaron delicadas estatuillas que sirvieron para el adorno, y también, y de esto no hay aproximaciones teóricas, las hicieron representando a vecinos que padecían de extrañas deformaciones corporales y manifestaciones externas de sus enfermedades.

En el Perú anterior a la Conquista, estas estatuillas sirvieron para los rituales. En los modelos resguardados en museos, se ve en la parte superior del objeto a algún personaje de su raza, adornado con los símbolos de su posición, con las palmas juntadas e inclinado sobre otra persona acostada, desnuda y sin signos de alguna agresión en su cuerpo. Los ojos, o no están correctamente terminados en la escultura, o están semiocluidos como si estuviera aquél en trance. En otras estatuillas se ven las manos tocando alguna parte abdominal, y en otras, ofreciendo cierta forma de masa a emplearse en el acto. (Museo de Berlin-Dahlem y el museo británico de etnografía de Londres).

Estos ejemplares pertenecerían a la cultura mochica (entre 200 y 800 d. C) y como corresponden a la prehistoria no se sabe de sus conocimientos médicos Los cronistas españoles han hecho referencias a esa escena relacionada con la nación inca pero cuya raigambre cultural ha debido heredarse de las anteriores, pues el material etnográfico que las tradiciones regionales se pasaban de una a otra generación, fue del dominio del empirismo, magia y religión, según las prácticas de curanderos, de extirpadores, confesores, clarividentes, hechiceros, y repartidores de hierbas sanadoras y amuletos.
        Se entendía que poseían habilidades sobrenaturales que empleaban para efectuar acciones tanto benignas como dañinas. La enfermedad y la salud estaban integradas en un plan general animístico. Los espíritus malignos actuaban espontáneamente y, lo mismo, como fuerzas sobrenaturales solicitadas por sus connacionales. En cambio, su mejoría y su bienestar provenía de las acciones de los “achachilas”, montañas nevadas, torrentosos ríos y precipicios insondables. Podían alcanzar sus beneficios por éxtasis, alucinaciones producidas por plantas, que no curaban por la farmacopea misma sino por los espíritus que vivían en sus hojas.

La patología se insinuaba en la totalidad o parte de su alma, o se debía a la invasión del cuerpo por materias extrañas, que fueron introducidas por otros individuos que se valieron de brujerías o por la imposición de un especialista en meter subrepticiamente algo malo en la sangre del enfermo. La terapia, aparentemente sencilla. era extraer o expulsar a la alimaña invisible con conjuros, cantos, oraciones o plegarias, y la acción decisiva ejecutoria se basaba en medidas físicas como frotar, chupar, aspirar, o sea, un modo técnico de conseguir el alejamiento del aire maligno o de la impureza secretada por el ignorado invasor.
Estas estatuillas de barro cocido quedaron para el presente como las imágenes sólidas de los médicos estudiando a sus enfermos.

Dr. ALFONSO GAMARRA DURANA