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Toulouse-Lautrec, el pintor de la noche parisina

Dos hermanas de noble alcurnia, Madame de Toulouse-Lautrec y Madame Tapié, trataron de perpetuar la hacienda familiar casando a sus dos primogénitos, Alfonso y Adela, de esta unión nació en Abril el 24 de noviembre de 1864, en el palacete del Bosc, el genial Henri Marie Raymond de Toulouse Lautrec.

Según la leyenda, como siempre entre la realidad y la ficción, cuando tenía tan sólo cuatro años asistió al bautizo de un primo suyo, al observar que los padres y padrinos firmaban en el registro parroquial, el pequeño quiso hacer lo propio, ante la reprimenda de su madre al increparse que no sabía escribir, Henri respondió: “No importa haré un buey”.

Su infancia fue normal, si bien su crecimiento nunca fue satisfactorio, a los 13 años medía 150 cm, que corresponde aproximadamente aun percentil 25. A los 14 años sufrió la primera de sus caídas, se rompió el fémur izquierdo. Henri narra el suceso, en un documento epistolar, a uno de sus compañeros de colegio:

“... caí al suelo desde una silla baja y me rompí la cadera izquierda, pero ahora, gracias a Dios, comienzo a andar con una muleta...

Parece ser que los galenos franceses lo escayolaron y su madre le llevó al balneario de Niza, en donde pasaron todo el invierno.

Quince meses después sufrió una nueva caída, en esta ocasión se fracturó el fémur derecho; su padre describe el triste episodio de la siguiente forma: “... fue debida a una caída no mucho más fuerte, mientras paseaba con su madre; rodó por el lecho de un barranco seco...”.

Su madre, siempre tan preocupada por el estado de salud del frágil Henri le llevó a balnearios de aguas medicinales de gran renombre (Barégnes, Lamalou).

Físicamente, tal y como él se ha representado en sus cuadros, no era agraciado, tenía una cabeza demasiado prominente, nariz voluminosa y de basa ancha, labios carnosos y persistencia de fontanelas, motivo por el cual lucirá un sombrero durante toda su vida. Entre sus defectos faciales se incluyen la hipoplasia del maxilar inferior, que trató de disimular luciendo una cuidada barba, además presentaba una aplasia parcial de las porciones distales de los dedos y un evidente genu valgo. Desde la niñez precisó la ayuda de un bastón para caminar y las fracturas sufridas en la niñez le dejaron una deformidad permanente.

La consaguineidad familiar reiterada, la aparición después del nacimiento de una estatura baja, la aplasia mandibular, los miembros cortos, el cráneo desproporcionadamente grande y una evidente fragilidad ósea nos hace sospechar que Toulouse-Lautrec presentaba una displasia ósea genética compatible con picnodisostosis, enfermedad descrita por vez primera en el año 1962.

A su enfermedad genética se unió un abuso crónico del alcohol, ambos fueron los detonantes de su fallecimiento temprano, cuando tan sólo contaba 37 años, el 9 de septiembre de 1901.

Jane Avril, una de las bailarinas del Moulin Rouge, era una persona solitaria y autosuficiente. Esta característica de su personalidad la podemos observar perfectamente en esta obra de Toulouse-Lautrec, excelente retratista del alma de sus modelos; quizá para reforzar esa autosuficiencia la ha captado saliendo de su lugar de trabajo, sin llamar la atención, ataviada con un discreto chaquetón y un casquete cubriendo su cabeza, con el rostro pálido y el cabello recogido. La figura, triste y oscura, se recorta sobre un fondo más claro obtenido con puntos y rayas amarillas que intentan sugerir la luz de múltiples lámparas de gas. Las figuras que aparecen tras ella están de espaldas, como indicativo de la escasa relación de la bailarina con su público, no como las demás divas del Moulin La Gaulue o Yvette Guilbert quienes no eran nadie sin público.